sábado, 17 de julio de 2010

LA CAIDA DEL LIBERALISMO

HOBSBAWM ERIC. HISTORIA DEL SIGLO XX.

CAPÍTULO IV. LA CAIDA DEL LIBERALISMO.

I De todos los acontecimientos de esta era de las catástrofes, el que mayormente impresionó a los supervivientes del siglo XIX fue el hundimiento de los valores e instituciones de la civilización liberal, implicaba un rechazo a la dictadura y del gobierno autoritario, el respeto del sistema constitucional que garantizaba el imperio de la ley y un conjunto aceptado de derechos y libertades de los ciudadanos, como las libertades de expresión, de opinión y de reunión. Parecía evidente que esos valores habían progresado y debían progresar más, las dos últimas autocracias europeas, Rusia y Turquía, habían avanzado por la senda del gobierno constitucional, Irán adoptó la constitución belga.
Hasta 1914, esos valores sólo eran rechazados por elementos tradicionalistas como la Iglesia Católica, que levantaba barreras en defensa del dogma frente a las fuerzas de la modernidad, por algunos intelectuales rebeldes y profetas de la destrucción, procedentes de la “buenas familias” y de centros acreditados de cultura, y por las fuerzas de la democracia, un fenómeno nuevo y perturbador, sin duda, la ignorancia y el atraso de esas masas, su firme decisión de destruir la sociedad burguesa mediante la revolución social. Esto era motivo de alarma. Sin embargo, de esos movimientos democráticos de masas, aquel que entrañaba el peligro más inmediato, el movimiento obrero socialista, defendía, tanto en la teoría como en la práctica, los valores de la razón, la ciencia, el progreso, la educación y la libertad individual con tanta energía, como cualquier otro movimiento. Lo que rechazaban, era el sistema económico, no el gobierno constitucional y los principios de convivencia. En efecto, el elemento básico del gobierno constitucional liberal, las elecciones para constituir asambleas representativas y/o nombrar presidentes, se daba prácticamente en todos los estados independientes de la época.
La mayor parte de estos estados se daban en Europa y América, y que la tercera parte de la población vivía bajo el sistema colonial.
En definitiva, esta era de las catástrofes conoció un claro retroceso del liberalismo político que se aceleró notablemente cuando Hitler asumió el cargo de canciller de Alemania en 1933. En este periodo la amenaza para las instituciones liberales procedía exclusivamente de la derecha, dado que entre 1945 y 1989 se daba por sentado que procedía esencialmente del comunismo.
Las fuerzas que derribaron regímenes liberales democráticos eran de tres tipos, dejando de lado el sistema tradicional del golpe militar empleado en Latinoamérica, todas eran contrarias a la revolución social, su hostilidad y autoritarismo a las instituciones políticas liberales, aunque en ocasiones lo fueran por razones pragmáticas que por principio. Todas esas fuerzas tendían al nacionalismo, en parte por resentimiento contra algunos estados extranjeros, por las guerras perdidas o por no haber podido formar un vasto imperio, y en parte porque agitar la bandera nacional era una forma de adquirir legitimidad y popularidad. Había sin embargo diferencias entre ellas. Los autoritarios o conservadores de viejo cuño, -Hungría, Finlandia, Polonia, Servia y luego la nueva Yugoslavia unificada; y el General Franco en España- carecían de una ideología concreta, más allá del anticomunismo y de los prejuicios tradicionales de su clase, si se encontraron en la posición de aliados de la Alemania de Hitler, fue sólo porque la coyuntura de entreguerras la alianza “natural” era de la de todos los sectores de la derecha. Naturalmente las consideraciones de carácter nacional podían interponerse en ese tipo de alianzas. Churchill, era un atípico representante de la derecha más conservadora, manifestó cierta simpatía hacia la Italia de Mussolini y no apoyó a la República española contra las fuerzas de Franco, pero cuando Alemania se convirtió en una amenaza para Gran Bretaña, pasó a ser el líder de la unidad antifascista internacional, enfrentándose estos reaccionarios tradicionales también en sus países a la oposición de genuinos movimientos fascistas, que en ocasiones gozaban de apoyo popular.
Otra segunda corriente de la derecha dio lugar a lo que ha llamado “estados orgánicos”, o sea regimenes conservadores que, más que defender el orden tradicional, recreaban sus principios como una forma de resistencia al individualismo liberal y al desafío que planteaba el movimiento obrero y el socialismo. Se reconocía la existencia de clases o grupos económicos, pero se conjuraba el peligro de las luchas de clases, mediante la aceptación de la jerarquía social, y el reconocimiento de cada grupo social o “estamento” desempeñaba una función en la sociedad orgánica formada por todos y debía ser reconocido como una entidad colectiva. De este sustrato surgieron diversas teorías “corporativistas” que sustituían la democracia liberal por la representación de grupos de intereses económicos y profesionales. Se utilizó para designar este sistema “democracia o participación orgánica”, que se suponía superior a la democracia sin más, aunque de hecho siempre estuvo asociada con regímenes autoritarios o estados fuertes gobernados desde arriba esencialmente por burócratas o tecnócratas. En todos los casos abolía o limitaba la democracia electoral, sustituyéndola por una “democracia basada en correctivos corporativos”, representantes de esto, son algunos países católicos, destacándose el Portugal del profesor Oliveira Salazar, el régimen antiliberal de derechas más duradero de Europa (1927-1974), pero también Austria y en cierta medida la España de Franco.
Aunque los orígenes de estos regimenes y su inspiración fueran anteriores a los del fascismo y a la vez muy distintos, no había línea de separación entre ellos, porque compartían los mismos enemigos, sino los mismos objetivos. Así la Iglesia Católica, profundamente reaccionaria en la versión del Primer Concilio Vaticano de 1870, no sólo no era fascista, sino que por su hostilidad hacia los estados laicos con pretensiones autoritarias debía ser considerada adversaria del fascismo. Y sin embargo, la doctrina del “estado corporativo”, que alcanzó su máxima expresión en países católicos, había sido formulada en círculos fascistas (de Italia) que bebían entre, otras de fuentes de la tradición católica. Se los llamó fascistas clericales, se inspiraban directamente en el catolicismo integrista. El nexo de unión entre la Iglesia, los reaccionarios de viejo cuño y los fascistas era el odio común a la ilustración del siglo XVIII, a la revolución francesa y en cuanto creían fruto de ésta, la democracia, el liberalismo y, especialmente el comunismo ateo.
Esta identificación del catolicismo con la derecha cuyos principales exponentes eran Hitler y Mussolini creó graves problemas morales a los católicos con preocupaciones sociales, y cuando el fascismo comenzó a caer causó serios problemas políticos a una jerarquía cuyas convicciones antifascistas no eran muy firmes. Al mismo tiempo, el antifascismo o simplemente la resistencia patriótica al conquistador extranjero legitimó por primera vez al catolicismo democrático (Democracia Cristiana) en el seno de la Iglesia. Así comenzó a aparecer en donde los católicos eran una minoría importante, partidos políticos que aglutinaban el voto católico y cuyo interés primordial era defender los intereses de la Iglesia frente a los estados laicos (Alemania y Países Bajos). Donde el catolicismo era la religión oficial, la Iglesia se oponía a este tipo de concesiones a la política democrática, pero la pujanza del socialismo ateo la impulsó a adoptar una innovación radical, la formulación en 1891 de una política social que subrayaba la necesidad de dar a los trabajadores lo que por derecho les correspondía, y que mantenía el carácter sacrosanto de la familia y de la propiedad privada, pero no del capitalismo como tal. La Encíclica Rerun Novarum sirvió de base a los católicos sociales y para otros grupos dispuestos a organizar sindicatos obreros católicos y más inclinados hacia la vertiente liberal del catolicismo. Excepto en Italia, luego de la guerra donde el Papa Benedicto XV (1914-1922) permitió la formación de un importante partido popular (católico), que fue aniquilado por el fascismo, los católicos democráticos y sociales eran tan sólo una minoría política marginal. Fue el avance del fascismo lo que los impulsó en los años treinta a mostrarse más activos. Sin embargo en España la gran mayoría católica apoyó a Franco. Y sólo una minoría se mantuvo al lado de la República. En el periodo en que se produjo la caída del liberalismo, la Iglesia se complació de ésta salvo muy raras excepciones.


II Los movimientos a los que puede darse con propiedad el nombre de fascista son, el Primero de ellos es el fascismo italiano, sin embargo el fascismo italiano no tuvo un gran éxito internacional, a pesar de los intentos de inspirar y financiar movimientos similares en otras partes, a pesar de que ejerció cierta experiencia en algunos lugares inesperados, por ejemplo con el revisionismo sionista que en los años setenta ejerció el poder en Israel con Menahen Begin.
De no haber mediado el triunfo de Hitler en 1933, no se hubiera convertido en un movimiento general, en cuanto al antisemitismo, Mussolini lo adoptó luego de 1938.
La principal diferencia entre la derecha fascista y la no fascista era, que la primera movilizaba a las masas desde abajo. Análogamente, aunque el fascismo también se especializó en la retórica del retorno al pasado tradicional, no era realmente un movimiento tradicionalista del estilo de los carlistas de Navarra que apoyaron a Franco en la guerra civil española, o en las campañas de Gandhi en Pro del retorno a los telares manuales. Propugnaba muchos valores tradicionales, lo que es otra cuestión. Denunciaba la emancipación liberal – la mujer debía permanecer en el hogar y dar a luz muchos hijos- y desconfiaba de la insidiosa influencia de la cultura moderna y especialmente, del arte de vanguardia, al que los nacional-socialista alemanes tildaban de “bolchevismo cultural” y de degenerado. Sin embargo, los principales movimientos fascistas, -el italiano y el alemán- no recurrieron a los guardianes históricos del orden conservador, la Iglesia y la monarquía, al contrario intentaron suplantarlos por un principio de liderazgo totalmente nuevo encarnado en el hombre hecho a sí mismo y legitimado por el apoyo de las masas, y por unas ideología –y en ocasiones cultos- de carácter laico.
El pasado al que apelaban era un artificio. Sus tradiciones eran inventadas, el racismo de Hitler era, más bien una elucubración pos-darwiniana, que tenía el apoyo de la nueva ciencia de la genética aplicada (“eugenesia”) que soñaba con crear una superraza humana mediante la reproducción selectiva y la eliminación de los menos aptos. El fascismo triunfó sobre el liberalismo al proporcionar la prueba de que los hombres pueden, sin dificultad, conjugar unas creencias absurdas sobre el mundo con un dominio eficaz de la alta tecnología contemporánea.
Sin embargo, es necesario explicar esa combinación de valores conservadores, de técnicas de las democracias de masas y de una ideología innovadora de violencia irracional, centrada fundamentalmente en el nacionalismo. Ese tipo de movimientos no tradicionales de la derecha radical habían surgido en varios países europeos a finales del siglo XIX como reacción contra el liberalismo (transformación acelerada de las sociedades por el capitalismo) y contra los movimientos socialistas obreros en ascenso, y contra la corriente de extranjeros que se desplazaban por el movimiento migratorio.
El sustrato común de estos movimientos era el resentimiento de los humildes en una sociedad que los aplastaba entre el gran capital, por un lado, y los obreros en ascenso, por el otro; estos sentimientos encontraron su expresión más característica en el antisemitismo.
Estas tradiciones antiguas de intolerancia, calaban más, especialmente en las capas medias y bajas de la sociedad europea , su retórica y su teoría fueron formuladas por intelectuales nacionalistas que comenzaron a aparecer en la década de 1890, estas capas se integraron a la derecha radical sobre todo en los países donde no prevalecían la democracia y el liberalismo, o entre las clases que no se identificaban con ellas, esto es sobre todo allí donde no se había registrado un acontecimiento equivalente a la revolución francesa, en cambio en los países centrales del liberalismo occidental – Gran Bretaña, Francia, y Estados Unidos- la hegemonía de la tradición revolucionaria impidió la aparición de movimiento fascistas importantes.
Muchos fascistas eran ex -oficiales de la clase media, para los cuales la gran guerra había sido la cima de su realización personal, para los cuales la vida civil les auguraba un triste futuro. En general la atracción de la derecha radical era mayor cuanto más fuerte era la amenaza, real o temida, que se cernía sobre la posición de un grupo de la clases media. En Alemania, la gran inflación y Gran Depresión que la siguió radicalizaron incluso algunos estratos de la clase media como funcionarios de los niveles medios y superiores, cuya posición parecía segura y que en circunstancias menos traumáticas, se habrían sentido satisfechos en su papel de patriotas conservadores tradicionales, nostálgicos de emperador Guillermo pero dispuestos a servir a una república precedida por el Mariscal Hindenburg, si no hubiera sido evidente de que esta se estaba derrumbando.
Entre 1930-1932, los votantes de los partidos burgueses del centro y de la derecha se inclinaron en masa por el partido nazi, sin embargo no fueron ellos los constructores del fascismo.
En resumen, durante el periodo de entreguerras, la alianza “natural” de la derecha abarcaba desde los conservadores tradicionales hasta el sector más extremo de la patología fascista, el fascismo le dio una nueva dinámica, un orden.

III Sin dudas, el ascenso de la derecha radical después de la primera guerra mundial fue una respuesta al peligro de la revolución social y el fortalecimiento de la clase obrera en general, y a la revolución de octubre y al leninismo en particular. Sin ellos no habría existido el fascismo, aunque había habido demagogos ultraderechistas políticamente activos y agresivos en varios países europeos desde fines del siglo XIX, hasta 1914 habían estado siempre bajo control.
Sobre esta respuesta de la derecha a la izquierda, hay dos matices, en primer lugar, subestima el impacto que la primera guerra mundial tuvo sobre un importante segmento de las capas medias y medias bajas, los soldados y los jóvenes nacionalistas que en noviembre después de 1918, comenzaron a sentirse defraudados por haber perdido su oportunidad de acceder al heroísmo; ejemplo de esto es Hitler mismo, fue así un importante elemento en los primeros grupos armados ultranacionalistas, como los oficiales que asesinaron a los comunistas alemanes Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo a comienzos de 1919, los squadristi italianos y el Freikorps alemán; la primera guerra mundial fue una máquina que produjo la brutalización del mundo y estos hombres se ufanaban liberando su brutalidad latente. En segundo lugar, es que la reacción derechista no fue una respuesta al bolchevismo como tal, sino a todos los movimientos, sobre todos los de la clase obrera organizada, que amenazaban el orden vigente de la sociedad, Lenin el símbolo de esta amenaza, más que su plasmación real; para la mayor parte de los políticos, la verdadera amenaza no residía tanto en los partidos socialistas obreros, cuyos líderes eran moderados, sino en el fortalecimiento del poder, la confianza y el radicalismo de la clase obrera, que daba a los viejos partidos socialistas una nueva fuerza política y que de hecho, los convirtió en el sostén indispensable de los estados liberales. No fue simple casualidad que luego de la guerra se aceptara en todos los países de Europa la exigencia fundamental de los agitadores socialistas desde 1889: la jornada laboral de ocho horas.
Lo que les dio la oportunidad de triunfar luego de la guerra, fue el hundimiento de los viejos regímenes y, con ellos, de las viejas clases dirigentes y de su maquinaria de poder, influencia y hegemonía. En los países que esos regimenes se conservaron en buen estado, no fue necesario el fascismo (Inglaterra, Francia hasta la derrota de 1940). Tampoco fue necesario cuando una nueva clase dirigente nacionalista se hizo en el poder en los países que habían conquistado su independencia, podían ser esos hombres reaccionarios y optar por un gobierno autoritario, pero en el periodo de entre guerras era la retórica lo que identificaba con el fascismo a la derecha antidemocrática europea; no hubo un movimiento fascista en la nueva Polonia gobernada por militaristas autoritarios, ni en la parte checa de Checoslovaquia; en Hungría, Rumania, Finlandia e incluso en la España de Franco, cuyo líder no era fascista.
Las condiciones óptimas para el triunfo de esta ultraderecha extrema eran un estado caduco cuyos mecanismos de gobierno no funcionaban correctamente; una masa de ciudadanos desencantados y descontentos que no supieran en quien confiar; unos movimientos socialistas fuertes, que amenacen o pareciera, con una revolución social, pero que no estaban en situación de realizarla; y un resentimiento nacionalista contra los tratados de paz de 1918-1920. Tanto en Alemania como en Italia el fascismo no “conquistó el poder”, aunque recurrió a la retórica de “ocupar la calle” y “marchar sobre Roma”, en ambos países accedió al poder con la connivencia del viejo régimen o (como en Italia) por procedimientos “constitucionales”.
La novedad del fascismo ya en el poder es que se negó respetar las viejas normas del juego político y cuando le fue posible impulsó una autoridad absoluta.
El autor rechaza dos tesis sobre el fascismo, una liberal y la otra del marxismo ortodoxo. No hubo una “revolución fascista”, ni el fascismo fue una expresión del “capitalismo monopolista” o del gran capital; los movimientos fascistas tenían los elementos característicos de los movimientos revolucionarios, en la medida que algunos de sus miembros preconizaban una trasformación fundamental de la sociedad frecuentemente marcada con una tendencia anticapitalista y antioligárquica, sin embargo el fascismo revolucionario no tuvo ningún predicamento, Hitler eliminó a quienes se tomaban en serio el componente “socialista” de su partido.
Lo que sí consiguió el nacional socialismo fue depurar radicalmente las viejas elites y las estructuras institucionales imperiales. Fue el viejo ejército aristocrático prusiano quien organizó en 1944 una revuelta contra él. La destrucción de las viejas elites y de los viejos marcos sociales, reforzada luego de la guerra por la política de los ejércitos occidentales ocupantes, haría posible construir la República Federal Alemana sobre bases mucho más sólidas que la de la República de Weimar (1918-1933), que no era otra cosa que el Imperio derrotado sin el Kaiser. El nazismo cumplió parcialmente un programa social, vacaciones, deportes, el “coche del pueblo” (escarabajo Volkswagen. Sin embargo su principal logro fue haber derrotado la depresión con mayor éxito que otro gobierno, gracias a que el antiliberalismo de los nazis les permitía no comprometerse a aceptar a priori el libre mercado. El nazismo más que un régimen nuevo fue el viejo régimen radicalmente nuevo y revitalizado. Al igual que el Japón imperial y militarista de los años 30, era una economía capitalista no liberal, que consiguió la dinamizar el sector industrial, los logros en la Italia fascista fueron menos impresionantes, era mucho más claro un régimen que defendía los intereses de las viejas clases dirigentes, pues no surgió como una defensa frente a la agitación revolucionaria posterior a 1918 más que, como aparecía en Alemania, como una reacción a los traumas de la Gran Depresión y a la incapacidad de los gobiernos de Weimar para afrontarlos. El fascismo italiano continuó el proceso de unificación con la creación de un gobierno fuerte, combatió con éxito a la mafia siciliana y a la camorra napolitana.
En cuanto a la tesis del “capitalismo monopolista de estado” en los comienzos de la década de 1930, el capitalismo no mostraba predilección por Hitler y habría preferido un conservadurismo más ortodoxo, su apoyo fue tardío y parcial, sin embargo cuando Hitler accede al poder cooperó decididamente con él hasta el punto de utilizar mano de obra esclava y de los campos de exterminio, además se beneficiaron con la expropiación a los judíos.
Hay que reconocer que el fascismo presentaba algunas importantes ventajas al capitalismo que no tenían otros regímenes:

1- Eliminó o venció a la revolución social izquierdista, y pareció ser el bastión contra ella.
2- Suprimió los sindicatos obreros y otros elementos que limitaban los derechos de la patronal en su relación con la fuerza de trabajo.
3- La destrucción de los movimientos obreros contribuyó a garantizar a los capitalistas unas respuestas muy favorables a la Gran Depresión.

Finalmente, dinamizó y modernizó las economías industriales, aunque no obtuvo tan buenos resultados como las democracias occidentales en la planificación científico-tecnológica a largo plazo.

IV Probablemente, el fascismo no había alcanzado un puesto relevante en la historia universal de no haberse producido la Gran Depresión. Italia no era por sí sola un punto de partida lo bastante sólido como para conmocionar al mundo. En los años veinte, ningún movimiento europeo de contrarrevolución derechista radical parecía tener gran futuro; por la misma razón que había hecho fracasar los intentos de la revolución social comunista: la oleada revolucionaria posterior a 1917 se había agotado y la economía parecía haber iniciado una fase de recuperación. En Alemania, los pilares de la sociedad imperial. Los generales, funcionarios. Etc., habían apoyado a los grupos paramilitares de la derecha después de la revolución de noviembre, aunque consiguieron que la nueva república fuera conservadora y antirrevolucionaria, cuando se les forzó a elegir, como ocasión del putsch derechista de 1920 y la revuelta de Munich en 1923, en la que Hitler tuvo un papel destacado, apoyaron sin vacilar el statu quo. Tras la recuperación económica de 1924, el Partido Nacionalsocialista quedó reducido al 2,5-3 % de los votos, y en 1928 obtuvo la mitad de los votos que tuvo el pequeño y civilizado Partido Demócrata Alemán, algo más de una quinta parte de los votos comunistas y mucho menos de una décima parte de los conseguidos por los socialdemócratas. Sin embargo dos años más tarde consiguió el apoyo de más del 18% del electorado convirtiéndose en el segundo partido alemán. Cuatro años después era con más del 37% de los votos el primer partido, aunque no conservó el mismo apoyo durante todo el tiempo que duraron las elecciones democráticas.
Sin dudas, fue la Gran depresión la que transformó a Hitler en un fenómeno de la política marginal, en el posible, y luego real, dominador de Alemania.
Ahora bien, ni siquiera la Gran depresión habría dado al fascismo la fuerza e influencia que poseyó en los años treinta si no hubiera llevado al poder un movimiento de este tipo en Alemania, un estado destinado por su tamaño y potencial económico y militar y su posición geográfica a desempeñar un papel político de primer orden en Europa con cualquier forma de gobierno.
La conquista del poder en Alemania por Hitler pareció confirmar el éxito de la Italia de Mussolini e hizo del fascismo un poderoso movimiento político de alcance mundial. La política de expansión militarista agresiva que practicaron con éxito ambos estados –reforzada por la de Japón- dominó la política internacional del decenio.
Fuera de Europa no existían condiciones favorables para la aparición de grupos fascistas, aunque sí algunas características del fascismo europeo encontraron eco en otras partes, pero a diferencia del comunismo, no arraigó en absoluto en Asia y África (excepto entre algunos grupos europeos) porque no respondía a las situaciones políticas locales. Pese que los japoneses tenían similitudes con el nacionalsocialismo alemán (las afinidades con Italia eran mucho menores), Japón no era fascista.
En cuanto a estados y movimientos que buscaron el apoyo de Alemania e Italia particularmente durante la segunda guerra mundial, cuando la victoria del eje parecía inminente, las razones ideológicas no eran el motivo fundamental de ello, aunque algunos regímenes nacionalistas europeos de segundo orden, cuya posición dependía del apoyo alemán, decían ser más nazis que las SS, en especial el estado ustachá croata; sería absurdo considerar “fascistas” al Ejército republicano Irlandés o a los nacionalistas indios asentados en Berlín por el hecho de haber negociado tanto en la primera como en la segunda guerra el apoyo alemán.
Es sin embargo, innegable el impacto ideológico del fascismo europeo en el continente americano, pero fue en América Latina donde su influencia resultó abierta y reconocida, tanto en personajes como el colombiano Jorge Eliecer Gaitán, o el argentino Juan D. Perón, como sobre regímenes como el Estado Novo brasileño de Getulio Vargas. Aparte de Argentina que apoyó al eje claramente, los gobiernos del hemisferio occidental participaron de la guerra al lado de Estados Unidos, al menos en forma nominal. Es cierto sin embargo, que en algunos países suramericanos el ejército había sido organizado según el sistema alemán o entrenado en cuadros por cuadros alemanes o incluso nazis. En los años treinta América Latina no se sentía inclinada a dirigir su mirada hacia el norte, ya que EEUU debilitado por la Gran Depresión no parecía ser una potencia tan poderosa y dominante como antes, la decisión de Franklin D. Roosevelt de olvidarse de las cañoneras y los marines de sus predecesores podía verse no sólo como una “Política de buena vecindad”, sino también, erróneamente, como un signo de debilidad.
Lo que tomaron del fascismo europeo los dirigentes latinoamericanos fue la divinización de líderes populistas valorados por su activismo. Mientras que los regímenes fascistas europeos aniquilaron los movimientos obreros, los dirigentes latinoamericanos inspirados por él fueron sus creadores.


V Con todo, estos movimientos han de verse en el contexto del declive y caída del liberalismo en la era de las catástrofes, pues si bien es cierto que el ascenso y triunfo del fascismo fueron la expresión más dramática del retroceso liberal, es erróneo considerar, incluso en los años treinta, en función únicamente del fascismo. Es necesario explicar ahora cómo explicar este fenómeno y empezar a clarificar la confusión que identifica al fascismo con el nacionalismo.
Es innegable que los movimientos fascistas tendían a estimular las pasiones y prejuicios nacionalistas, aunque por su inspiración católica los estados corporativos semi-fascistas, como Portugal y Austria en 1934-1938, reservaban su odio mayor a los pueblos y naciones ateos o de credo diferente. Por otra parte, era difícil que los movimientos fascistas consiguieran a atraer a los nacionalistas en los países conquistados y ocupados por Alemania o Italia, o cuyo destino dependiera de la victoria de estos estados sobre sus propios gobiernos nacionales.
Por otra parte, es evidente que no todos los nacionalismos simpatizaban con el fascismo, la movilización contra el fascismo impulsó en algunos países un patriotismo de izquierda, sobre todo durante la guerra, en que la resistencia al eje encarnó en “frentes nacionales”, en gobiernos que abarcaban con todo el espectro político, con la única exclusión de los fascistas y de quienes colaboraban con los ocupantes. En términos generales, el alineamiento de un nacionalismo local junto al fascismo dependía de si el avance de las `potencias del eje podía reportarles más beneficios que inconvenientes y de su odio hacia el comunismo o hacia otro estado, nacionalidad o grupo étnico (los judíos, los servios) era más fuerte que el rechazo que les inspiraban los alemanes o los italianos.
¿Cuál fue la causa de que el liberalismo retrocediera en el periodo de entreguerras, incluso en aquellos países que rechazaban el fascismo? Los radicales, socialistas y comunistas occidentales de ese periodo consideraban que con la crisis mundial, era el fin del capitalismo, afirmaban que el capitalismo no podía seguir gobernando mediante la democracia parlamentaria y con una serie de libertades que habían constituido la base de los movimientos obreros reformistas y moderados. La burguesía enfrentaba problemas económicos insolubles y/o una clase obrera cada vez más revolucionaria, se veía ahora obligada a recurrir a la fuerza y a la coerción, esto es, a algo similar al fascismo.
Puesto a que los sistemas democráticos no pueden funcionar si no existe un consenso básico entre la gran mayoría de los ciudadanos acerca de la aceptación de su estado y de su sistema social o, cuando menos una disposición a negociar para llegar a soluciones de compromiso, a su vez esto resulta difícil en los tiempos de prosperidad. Entre 1918 y el estallido de la segunda guerra mundial esas condiciones no se dieron en la mayor parte de la Europa. El cataclismo social parecía inminente o ya se había producido. El miedo a la revolución era tan evidente que no se permitió prácticamente, en la mayor parte de Europa Oriental y suroriental, así como en una parte del Mediterráneo, que los partidos comunistas emergieran de la ilegalidad.
En el decenio de 1930, la democracia española fue aniquilada a efectos de las mismas tensiones. La principal razón de la caída de la República de Weimar fue que la Gran Depresión hizo imposible mantener el pacto tácito entre el estado, los patronos y los trabajadores organizados, que la habían mantenido a flote. La industria y el gobierno consideraron que no tenían otra opción que la de imponer recortes económicos y sociales, y el desempleo generalizado hizo el resto. A mediados de 1932, los nacionalsocialistas y los comunistas obtuvieron la mayoría absoluta de los votos alemanes y los partidos comprometidos con la República quedaron reducidos a poco más de un tercio. La negativa de los trabajadores organizados a aceptar los recortes impuestos por la Depresión, llevó al hundimiento del sistema parlamentario y, finalmente, a la candidatura de Hitler para la jefatura del gobierno en Alemania, mientras que en Gran Bretaña sólo entrañó el cambio de un gobierno laborista a un “gobierno nacional” (conservador), pero siempre dentro de un sistema parlamentario estable y sólido.
Fue sólo en América Latina en que la economía dependía básicamente de las exportaciones de unos o dos productos primarios, cuyo precio experimentó un súbito y profundo hundimiento, donde la Gran Depresión se tradujo en la caída casi inmediata y automática de los gobiernos que estaban en el poder, principalmente a consecuencias de golpes militares.
La vulnerabilidad de la política liberal, es la democracia representativa demostró ser poco convincente para dirigir los estados y las condiciones de la era de las catástrofes no podían hacerla viable y eficaz.
La primera de esas condiciones era que gozara del consenso y la aceptación generales, la democracia se sustenta en ese consenso pero no lo produce.
La segunda condición era un cierto grado de incompatibilidad entre los diferentes componentes del “pueblo”, cuyo voto soberano había de determinar el gobierno en común. El pueblo, un concepto teórico más que un conjunto real de seres humanos, consistía en un conjunto de individuos independientes cuyos votos se sumaban para obtener mayoría y minorías aritméticas, que se traducían en asambleas dirigidas como gobiernos mayoritarios y con oposiciones minoritarias. La democracia era viable allí donde el voto iba más allá de las divisiones de la población nacional o donde era posible conciliar o desactivar los conflictos internos. Sin embargo en una era de revoluciones y tensiones sociales, la norma era la lucha de clases trasladada a la política y no la paz entre las diversas clases. La intransigencia ideológica y de clases podía hacer naufragar al gobierno democrático.
Además el torpe acuerdo de paz de 1918, multiplicó la división del cuerpo de ciudadanos en función de criterios étnicos-nacionales o religiosos, como en la ex Yugoslavia y en Irlanda del Norte. La caída de los tres imperios multinacionales de Austria-Hungría, Rusia y Turquía significó la sustitución de tres estados supranacionales, cuyos gobiernos eran neutrales con respecto a las numerosas nacionalidades sobre las que gobernaban, por un número mucho mayor de estados multinacionales, cada uno de ellos identificados con una, o a lo sumo con dos o tres, de las comunidades étnicas existentes en el interior de sus fronteras.
La tercera condición que hacía posible la democracia era que los gobiernos democráticos no tuvieran que desempeñar una labor intensa de gobierno. Los parlamentos se habían constituido no tanto para gobernar sino para controlar el poder, sin embargo tuvieron que actuar como motores.
En el siglo XX se multiplicaron las ocasiones en las que era de importancia crucial que los gobiernos gobernaran. El estado que se limitaba a proporcionar las normas básicas para el funcionamiento de la economía y de la sociedad, así como la policía, las cárceles y las fuerzas armadas para afrontar todo tipo de peligros, internos y externos, había quedado obsoleto.
La cuarta condición era la riqueza y la prosperidad. Las democracias de los años veinte se quebraron bajo la tensión de la revolución y la contrarrevolución (Hungría, Italia y Portugal) o de los conflictos nacionales (Polonia y Yugoslavia), y en los años treinta sufrieron los efectos de las tensiones de la crisis mundial. Ni siquiera Checoslovaquia, auténtica democracia de Europa centro-oriental que ofrecía beneficios a todos los grupos nacionales, pero en los años treinta ni siquiera ella pudo mantener juntos a los checos, los eslovacos, alemanes, húngaros y ucranianos.
En esta circunstancia la democracia era más bien un mecanismo para formalizar las divisiones entre grupos irreconciliables. Muchas veces, no constituía una base estable para un gobierno democrático, ni siquiera en las mejores circunstancias, especialmente cuando la teoría de la representación democrática se aplicaba en las versiones más rigurosas de la representación proporcional. En los periodos de crisis, los costos del sistema parecían insostenibles y sus beneficios, inciertos.-

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